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Por Leonel López
En lo que hoy se conoce como el territorio de los EE.UU, con la llegada del imperio inglés en el siglo XVI, comenzó un proceso de colonización, pacificación y control territorial que desde el primer instante en que inició, se caracterizó por choques violentos entre los invasores del viejo mundo y quienes habitaban allí desde tiempos inmemoriales, pueblos indoamericanos asentados en las costas como los powhatan, shawnee, wampanoag, lenape e iroqueses se les fue sometiendo de forma gradual y paulatina, primero con la religión, colonos de denominación protestante intentaron someter a los pueblos originarios a través de la fe como arma, pero fracasado el intento, se decidió entonces reducirlos o exterminarlos con mano de hierro, tropas militares norteamericanas se encargaron de perseguirlos y encerrarlos en reservas indígenas donde hasta el día de hoy permanecen asentados.
Sin embargo, hubo pueblos como los lakota siux y los apaches chiricaua, últimos en rendirse al final del siglo XIX, quienes se negaron a ser reducidos como ganado en esos improvisados asentamientos, estaban decididos a dar la pelea por las grades praderas y llanuras del oeste americano de las cuales eran amos y señores, declarando entonces la guerra a los invasores del viejo mundo. El gobierno norteamericano no se quedó de brazos cruzados, por lo cual el Departamento de Guerra en el siglo XIX, a través del “Bureau Of Indian Affairs (BIA)”- Buró de Asuntos Indios, como se constata en los informes del general Phillip Sheridan, ideó el absurdo plan de declarar objetivo militar a todo aquel indígena que se resistiera a entrar dentro de las reservas.
Bajo esa política de Estado, negarse a las reservas era justificación para ser sometido a la fuerza o aniquilado, y para trazar una diferencia entre el sometido y quienes resistían en defensa de su territorio, se formuló una etiqueta para abanderar la campaña reduccionista de esos grupos, al categorizarlo como “Hostiles”, acompañado además de otros adjetivos como “demonios”, “salvajes”, “irracionales” y “primitivos”, tratados así, en forma tan despectiva, en informes militares de la época, periódicos y cualquier medio de propaganda disponible. Joyas cinematográficas como “Danza con lobos”, “Hostiles” y “American Primitive” proyectan perfectamente aquella realidad.
Bajando entonces desde las vastas llanuras del oeste americano, adentrados hacia el desierto de paisaje escarpado de la Guajira, ocurrió un proceso similar de invasión territorial, tal cual se dio en los EE.UU durante el período colonial, es evidente e incriminatorio el guion escrito en distintos alfabetos de un proyecto global expansionista de los reinados en aquella época, resulta innegable que es el mismo patrón o modelo estructural de control y exterminio por parte de los imperios, replicados una y otra vez en diferentes latitudes del continente americano, y tal como ocurrió en los EE.UU, mientras los “hostiles” le salieron al paso a los ingleses, en la Guajira, sus pares los “kusina”, se encargaron de mantener a raya las pretensiones de dominación territorial de los españoles.
El término Kusina o Cocina
Para entender este proceso de resistencia, es necesario partir de su origen en si mismo: la palabra “kusina”, para este apartado, es necesario aclarar de entrada que el término está rodeado de varias hipótesis en cuanto a su etimología, con interpretaciones que van desde el campo de la etnolingüística, antropología, político y hasta religioso, pues hasta los sacerdotes capuchinos establecieron etiquetas a partir de prejuicios.
Para lingüistas como el escritor wayuu Miguel Angel Jusayú, cuya versión es la más común, se refiere a un grupo de indígenas que se dedicaban al robo y al saqueo, se llama así a todo “indio no guajiro o paraujano”. “Indio pobre”, “atrevido” y “abusador”; mientras que para el antropólogo wayuu y exgobernador de La Guajira, Wilder Guerra Curvelo, en su libro “Relatos con GPS, una geografía mítica e histórica de la Guajira”, explica que “no eran considerados una tribu, sino un grupo de personas expulsados por malos comportamientos y destinados a vivir en esta serranía (Macuira) alejados de los demás clanes”.
“Para muchos wayuu los kusina terminaron creando un grupo violento que robaba e impedía la entrada de cualquier extraño a su territorio. Perrin menciona que, a principios del siglo XX, en la Alta Guajira el pensamiento sobre lo que significaba estar bien o ser rico tenía que ver con cuánto ganado tenía el grupo matrilineal. Por ello, no poseer ningún rebaño era, en ese momento histórico, ser un wayuu Kusina; es decir, un wayuu marginal”, refiere el texto.
Otra definición desde la antropología la plantea la investigadora Nina de Freiddeman en su libro “Herederos del jaguar y la anaconda”, publicado en 1982, en el texto plantea que “son guajiros -wayuu- también unos pocos indígenas cocinas -voz que significa ‘ladrón’, ‘salteador’- que en un tiempo tuvieron como territorio preferido la cadena de colinas de Cojoro o Cocinas, incluyendo La Teta”, describe la publicación.
Por otro lado, está José Polo Acuña, un historiador colombiano, muy curtido en estos temas, quien refiere en su estudio “Poblamiento y Conflicto Social en la Frontera Guajira 1700-1800”, que “el término es aplicado por los Guajiro-Wayú a un segmento étnico Wayú que ha sido despreciado por una buena parte de los grupos matrilíneos. El vocablo significa cualquier indígena que no sea de la Guajira. Son, por llamarlo de alguna forma, el reverso y la cara de la misma moneda etnolingüística”.
En otro estudio de Polo Acuña, “Los Wayuu y Los Cocinas, dos caras de diferentes de una misma moneda en la resistencia indígena”, dice que “se autodenominaban Wayúu, pero lo cierto del caso es que este término es aplicado por los Guajiros- Wayúu a un segmento étnico Wayúu que ha sido despreciado por un buen número de clanes matrilineales”, insiste.
Vale también mencionar un estudio reciente del antropólogo colombiano Jorge González Bermúdez, un trabajo de postgrado para la Universidad de Los Andes (Venezuela) titulado “Los Kusina: aportes a la reconstrucción etnohistórica Arawak”, allí plantea que algunos wayuu relacionan el término con el vocablo “kusinapia”, del castellano cocina y el guajiro epi’a (casa), “parte del rancho destinada a la cocina”. Menciona además en su tesis una definición del antropólogo e historiador Emanuele Amodio quien -según- afirma que “no es un clan guajiro, en consideración del hecho de que a lo largo de su historia reciente los cocinas han sido identificados con algunos de los clanes guajiro, como los Ipuanas y Josayués (jusayu) de Aiupana, los Josayués de la Teta y de Guarero y los Sapuanas de Las Guardias”.
El adjetivo como propaganda de guerra y deshumanización
Contrastando entonces todo ese entramado de definiciones y conceptos, tanto aportes de la antropología con rigor científico, en contraposición con la etiqueta de “indio salteador”, “ladrón”, “vago”, “pobre”, y hasta acusado de antropófago, se plantea entonces como hipótesis que estas voces o locuciones sean precisamente herencia de la propaganda del imperio español para incriminar al indígena wayuu de diferentes clanes en pie de resistencia enfrentados a su plan expansionista y control territorial, mientras unos clanes se adherían a la religión católica, a vivir en pueblos fundados por los españoles o se dedicaban al pastoreo y sedentarismo como mecanismos de control, aquellos que no lo hacían eran los rebeldes, quienes rechazaban ese proceso aculturizador.
Registros históricos demuestran que, desde la primera avanzada para someter a la Guajira a través de la iglesia católica, los capuchinos ya señalaban como kusina a aquellos que no participaban del catecismo, una forma de criminalizarlos bajo de el pretexto de la fe, “vienen al catecismo los que quieren y cuando quieren, desamparando los pueblos y retirándose al monte, que les da gusto, sin que podamos remediarlo por sus genios altivos y desvergonzados, y sujetarlos a castigo”, menciona uno de sus informes a mediados de 1700.
Otros documentos del período colonial como la “Elegía de Varones Ilustres de la India” del fray Juan de Castellano, escrito a finales del siglo XVI, un poemario donde se les menciona, se cita textualmente: “Descubrieron amplísimas sabanas, aunque llenas de cardos, habitadas de gentes inhumanas que por allí llaman cocinas…”; los estigmatiza y deshumaniza al tildarlos de “inhumanos”, “dados al sangriento desafío”, “es gente torpe, sucia, vagabunda, E usa de comida tan inmunda”, “de bestial entendimiento”.
En otros registros se les señala de “apóstatas”, “indómitos e incapaces de doctrina”, los cual permite leer entre líneas toda una carga enorme de prejuicios y la construcción de una narrativa de declaración de guerra contra quienes, en esa primera etapa de la conquista, cuyo mecanismo de control religioso había fallado, no habían querido someterse al reino de España, y en su frustración recomendaban, una y otra vez, el uso de las armas y la fuerza para subyugarlos.
Finalmente fueron ejecutadas sus recomendaciones y se encargó esa tarea al teniente general Antonio de Arévalo, un ingeniero militar español quien implementó una de las más letales campañas de guerra para controlar a la Guajira y a sus habitantes ancestrales, una misión nada fácil ante un enemigo que el fray Castellano describía como hombres de “piernas ligeras y livianas que son a la de ciervos parecidas”, dejando vislumbrar dentro de su poema la rápida acción de los kusina para el combate.
Género: Reportaje Interpretativo
2da. Entrega
Foto referencial generada con IA
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